-Lo más importante -declaró, tomándole las manos e inclinando la cabeza- es decir la verdad.
-No te comprendo -contestó ella.
-Mirá -afirmó Gauna-, voy a tratar de explicártelo. Uno se acerca a otra persona para divertirse o para quererla; no hay nada de malo en eso. De pronto uno, para no hacer sufrir, oculta algo. El otro descubre que le han ocultado algo, pero no sabe qué. Trata de averiguar, acepta las explicaciones, disimula que no las cree del todo. Así empieza el desastre. Quisiera que nunca nos hiciéramos mal.
-Yo también -agregó Clara.
Él continuó:
-Pero comprendéme. Ya sé que somos libres. Por lo menos, por ahora, somos completamente libres. Podés hacer lo que quieras, pero siempre decime la verdad. Te quiero mucho y lo que más aprecio es entenderme con vos.
-Nadie me ha hablado así -declaró la muchacha.
Ante sus ojos radiantes, pardos y puros, se avergonzó, se encontró descubierto; quiso reconocer que toda esa teoría de la libertad y de la franqueza era una improvisación, una apresurada memoria de conversaciones con Larsen, y que ahora la desplegaba para ocultar sus averiguaciones, su necesidad de saber lo que ella había hecho la noche en que no quiso acompañarla, para disfrazar un poco el inesperado y urgente sentimiento que lo dominaba: los celos. Empezaba a balbucear, pero la muchacha exclamó:
-Sos maravilloso.
Creyó que se reía de él. Cuando la miró, comprendió que hablaba con seriedad, casi con fervor. Se avergonzó más. Pensó que ni siquiera estaba seguro de creer lo que había dicho, ni de aspirar a entenderse perfectamente con ella, ni de quererla tanto.
(Extracto de "El sueño de los héroes", de Adolfo Bioy Casares)